Siddhartha paseaba por un camino y, de repente, simplemente comprendió que ni su renuncia a los placeres del mundo, ni su práctica intensa, constante y entregada de Yoga, ni su devoción, ni su ascetismo, ni su trabajo dedicado a los más necesitados… nada de esto, al final, le conduciría a la liberación. Y encontró un árbol, y se sentó a meditar con el firme propósito de encontrar la respuesta a la pregunta que no era capaz de formular.

Y meditó durante días, acompañado por su respiración y el latir de su corazón, con determinación y la certeza de que solo así podría trascender y liberarse de la rueda del Samsara.

Con las manos colocadas una encima de otra, sobre el regazo, reconciliadas en la forma de un cuenco, libre de pesares y de cuentas pendientes, simplemente respiraba entregando el hueco de sus manos a la voluntad de lo absoluto. Se convirtió en un recipiente vacío expuesto a la lluvia; un recipiente sin forma que se llenaba de una belleza sin recuerdo.

Cuando Gautama se encontraba cerca de la iluminación, el demonio Mara hizo su aparición. Mara, intentó alejarle de su estado de meditación profunda. Seduciéndole, enviándole imágenes de suculentos platos y deliciosos dulces. ¡Licores dignos de dioses!

Mujeres desnudas danzaban delante de sus ojos cerrados, mientras el demonio Mara se reía a carcajadas jugando entre ellas. Gautama se sostuvo, no cedió ni un milímetro de su estado a las tentaciones de Mara, y se acercó un poquito más a la iluminación. Mara, desesperado, empezó a decirle… «¿quién te crees que eres, Gautama? Eres solo un hombre, dime ¿qué logros has alcanzado en esta vida para creer que puedes liberarte del SamsaraNo eres digno ni del espacio que ocupas debajo del árbol. Eres insignificante.» Las palabras que  Mara lanzó como piedras, no hicieron mella en el corazón de Gautama, se mantuvo firme y estable, libre de temores y dudas, y siguió respirando. Con cada exhalación se acercaba un poquito más a su propósito.

El demonio Mara, viendo que era imposible que Gautama perdiera su concentración, que ni las tentaciones, ni las dudas le afectaban, reclamó el asiento de la iluminación de Gautama para sí mismo, diciendo con voz en grito: «No eres nada más que un hombre. Tú no eres más que una hormiga y yo soy como un Dios. A lo largo de miles de vidas he alcanzado logros inimaginables, mis poderes sobrepasan con creces tus ridículos intentos por trascender.» «!!!Y nosotros somos testigos!!!», rugió al unísono su ejército de demonios. Mara gritó: «Yo, Mara, ¡reclamo tu asiento para mi propia iluminación! ¿Quién hablará por ti, Siddhartha?»

Gautama, deslizó la mano derecha por delante de las piernas hasta rozar a la Madre Tierra con la yema de sus dedos. Se detuvo el tiempo, y la Tierra entera tembló desde lo más profundo hasta lo más alto, y una voz como un trueno estalló: «¡Yo daré testimonio!»

 El demonio Mara desapareció y Gautama se convirtió en Buda.

Evan Martínez / Kiran

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