Salamba Sarvangásana. La vela y la brisa

Seguramente en tu práctica ya habrás saboreado las bondades de un ásana tan pleno como es Salamba Sarvangásana, una de las posturas con mayor distinción en yoga, también conocida con el sobrenombre de «la vela».

Dejando a un lado su etimología, sus variantes, beneficios o contraindicaciones, me gustaría pensar en algo más simbólico, algo que quizá hayas pensado tú también: «postura de la vela», sí, pero… ¿«vela» de qué?

Porque «vela» es una palabra polisémica, con diversos significados. Tal vez lo primero que a uno le venga sea la vela de una embarcación. La figura del cuerpo estirado, invertido y apuntalado en el suelo por medio de los hombros, los codos y la cabeza recuerda de inmediato a un mástil. Las pequeñas oscilaciones del tronco y las piernas al entrar en la postura, podrían visualizarse como una consecuencia del viento marino, cuando embiste contra la lona de la vela. Es obvio que uno de los objetivos principales del ásana es mantener la verticalidad, pues en la quietud del cuerpo reside la quietud de la mente. Sin embargo, si la vela de nuestra postura fuera la de un barco, encuentro que no sólo el viento estaría siendo un obstáculo para la estabilidad requerida. También el mar jugaría su papel. Desde abajo, el vaivén del oleaje contribuirá a esos pequeños zarandeos, al menos en la fase inicial de afianzamiento de la postura. Luego, la concentración posterior podrá lograr que hasta las mismas olas puedan templarse en el vasto océano.

Pero habrá a quien no le cautive esta imagen del mástil y del barco sobre un mar sereno. Salamba Sarvangásana tal vez sea para ellos algo más sutil, como una vela encendida en la habitación. La llama sería en este caso nuestro cuerpo invertido, y el titubeo de las piernas podría deberse a la presencia de una brisa filtrada por el hueco de la puerta. Conseguir la quietud de la llama requerirá entonces una gran técnica y una refinada concentración en el entrecejo. El menor pensamiento puede transformarse en corriente y hacerla temblar, pero una vez la mente se halle despejada, la lengua de fuego quedará firmemente inmóvil, a pesar de toda su aparente fragilidad.

Algunos dirán que visualizar una vela encendida tiene, como contrapartida, el inconveniente de que la cera se derrite y desaparece. Seguro que los que sienten esta inspiración de la quietud de la llama, habrán encontrado el modo de improvisar una vela imperecedera.

Varuna

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