¿Samadhi o Samadarsana?

—¿Cómo lo quieres, Clara?
—Como siempre, Maite, corto y me echas al final un poco de henna, y lo demás como tú veas, que para eso eres la peluquera. Vengo estresada de la gestoría.
—Entendido. ¿Y qué tal los críos?
—Tan mayores que ya ni los conozco. ¿Los tuyos?
—Bueno, pues por ahí andan, atareados cada cual con sus trajines particulares, de los que apenas me entero.
—Fíjate, con lo prendidos que iban siempre de nuestras faldas.
—Pero una los cría para que encuentren su camino, y para que echen a andar en él.
—Sí, igual que nosotras…
—¿Qué quieres decir?
—Que no sé si dimos con el nuestro.
—Bueno, tú tienes una estupenda familia, la gestoría, tus proyectos en la ONG…
—Lo sé… pensaba en otra cosa, en otro tipo de plenitud.
—Te entiendo, tú te refieres al samādhi.
—Algo así, Maite, pero no sé… Ya sé que ahora se ha puesto de moda alcanzar la iluminación, nada menos. ¿Te acuerdas? Ya hará cerca de cuarenta años que fuimos a la India cargadas de preguntas, a buscar ese camino.
—Sí, Clara, me acuerdo. Y tienes razón, está de moda eso. Muchos se ponen en la senda espiritual aguardando que el samādhi caiga en sus brazos del mismo cielo.
—Cada vez que oíamos esa palabra en Rishikesh era por un difunto: a veces se referían a la expiración del cuerpo físico de algún maestro, y otras a la tumba en la que moraba su cuerpo, al sitio donde lo ofrendaban.
—Sí, el mahasamādhi. Es que en la India estas palabras no funcionan como aquí en Occidente, que se aprenden a través de los libros, alejadas de sus contextos. A ellos les llegan entretejidas en sus vidas y en sus costumbres.
—Pues aquí samādhi se ha transformado en el objetivo último. En su libro Claves del Yoga, Danilo Hernández dice que «El samādhi es la meta de todos los yoguis.» Echa la cabeza hacia atrás, que te voy a poner la henna.
—¿Así va bien?
—Sí. Recuerdo que en los setenta al samādhi lo llamábamos satcitānanda, que era aquello de alcanzar y hundirse en la infinitud, en una mezcla de sabiduría, dicha y gracia.
—A eso, chica, a eso me refería antes.
—Vuelve a echarte atrás. Ahora no hables, que si no no te cogerá bien el color. Pues te decía que ahora el samādhi, como es el último de la lista de los ocho miembros del aṣṭāṅga yoga de Patañjali, se ha convertido en el propósito, el éxtasis, la recompensa. Y es que en Occidente se le tiene mucha devoción a las metas, a las culminaciones, y sobre todo a las promesas. Pero eso tú ya lo sabes. Incluso hubieron maestros que trataron de mostrar el error de tomar los 8 brazos del aṣṭāṅga yoga como pasos secuenciales. Acuérdate si no cuando volvimos de allá por el setenta y ocho, del maestro yogui Maharishi Mahesh, que decía que el orden del famoso yoga de Patañjali en ocho etapas, se había convertido en lo contrario de lo que Patañjali había previsto. Espera, si me acuerdo muy bien de sus palabras: «Se ha interpretado que la práctica del yoga empieza con yama, niyama y así sucesivamente, cuando en realidad el primer paso es samādhi. El samādhi no puede adquirirse mediante la práctica de los pasos anteriores: yama, niyama, etc. El dominio de las virtudes sólo puede adquirirse mediante la experiencia repetida de samādhi.» El Maharishi decía que un buen comportamiento moral es el resultado de la experiencia de ese nivel más unificado y dichoso de la vida, y no al contrario, como se piensa ahora.
—Caray, chica, menuda memoria.
—Si hablo para distraerte… Pero no hay que remontarse tan lejos; hoy día, un especialista de la tradición del yoga como es Georg Feuerstein, en su libro The Deeper Dimension of Yoga, dice algo la mar de interesante. Lo tengo ahí en la estantería, no te muevas, que lo cojo y te leo. Dice: «Como se dice en el Bhagavad Gītā: “yoga es ecuanimidad (samātva)”. Esta noción de equilibro es un concepto fundamental del yoga, que se expresa en muchos niveles de la práctica y cuya máxima expresión es la visión de igualdad (samādarśhana), el estado de gracia en el que todo se percibe de la misma manera. Este estado de extrema lucidez y serenidad no debe confundirse con una de las muchas formas del éxtasis (samādhi) que conocen los yoguis. El éxtasis, las visiones y los fenómenos psíquicos no son la meta de la búsqueda espiritual, aunque pueden darse y de hecho se dan cuando nos consagramos de todo corazón a los valores superiores, pero sólo como efectos secundarios, no como el propósito de la auténtica espiritualidad, y nunca deberían ser el principal objetivo de nuestras aspiraciones.»
—Ahí va, pues se podrá decir más alto, pero no más claro. Entonces, ¿no es samādhi, sino samādarśhana?
—No lo sé, Clarita, no sé si es samādhi, samādarśhana o satcitānanda, o las tres a la vez. La filosofía hindú es un caleidoscopio, según lo muevas te va a dar un matiz diferente. Yo siempre he pensado que cada cual acuda a las fuentes para sacar sus conclusiones y así poder encontrar el sentido que tiene el paradigma hindú en su vida cotidiana, o si no contentarse con una de las muchas visiones que circulan por ahí, tan expuestas a las modas y tantas otras cosas.
—Puf, y ¿entonces?
—¿Qué?
—¿Nuestro camino? ¿Dónde está?
—Mujer, y dónde quieres que esté, pues aquí, se está haciendo, ¿no? Estamos todavía en él. Como te decía antes, tú abriste tu negocio y creaste la ONG, yo heredé la peluquería de mis padres y me puse a dar clases a refugiados, tuvimos hijos y nos dimos a ellos, el tiempo pasó, qué más quieres, no hay otro camino a seguir que el de la verdad.
—Sí, claro, y seguimos buscándola. Óyeme, Maite, y ahora que nada nos ata… ¿y si volviéramos?
—¿Volver a dónde?
—A la India.
—¿Tú y yo? Mira, pasa que te aclare el pelo, que con tanta cháchara ya tengo a dos clientas esperando… ¿Pero, por qué sonríes así?

,
Entrada anterior
Los Cursos. Entrevista a Siri Tapa
Entrada siguiente
Salamba Sarvangásana. La vela y la brisa

Entradas relacionadas

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Rellena este campo
Rellena este campo
Por favor, introduce una dirección de correo válida.

Menú