Hablando de Mudrās

ANA —Hola chicas. ¿Qué hacéis que no entráis a clase?
PAULA —Hablando de mudrās.
COCO —Hola Ana, ¿te pido algo?
(A) —Venga, vale, un té… ¿De los gestos o posiciones de manos, que sirven para orientar el flujo de energía?
(P) —Más bien de lo primero que has dicho, de lo extendido que está pensar que los mudrās sólo son gestos que se hacen con las manos.
(A) —No entiendo.
(C) —Pues que al parecer hay mudrās que se hacen con la cabeza, con las piernas y con todo el cuerpo, según.
(A) —¿Y de dónde sacáis eso?
(P) —De la misma tradición del yoga. Busca en los textos clásicos de Haṭha Yoga y verás que allí ni siquiera los mudrās de manos son mencionados, y sí en cambio los otros.
(A) —Ale, pues ya me estáis contando, que mientras me tomo el té.
(C) —A ver, pues la cosa comenzó el otro día, después de recibir por correo el libro de Swami Satyananda, el de «Asana, Pranayama, Mudra, Bandha», y leer en él que un mudrā, o «sello», puede implicar parte o la totalidad del cuerpo en una combinación de āsana, prāṇāyāma, bandha y técnicas de visualización, aunque también podía ser una posición de la mano simple.
(P) —El Swami Satyananda explica que esas composiciones eran y son muy potentes, capaces de estimular por sí mismas la energía kuṇḍalinī, por lo que estaban reservadas a yoguis más avanzados que ya habían disuelto sus bloqueos principales mediante la destreza en la práctica de āsanas, prāṇāyāmas y bandhas.
(C) —De ahí que los mudrās que más han encajado en Occidente sean los de manos, más accesibles y sencillos de realizar.
(A) —Y que más cuenta el libro. ¿Lo tenéis ahí? Ya me pica la curiosidad.
(P) —Toma, Ana.
(C) —Dice que hay cinco categorías de mudrās: de cabeza, de mano, posturales, de cierre y perineales.
(A) —Sí, aquí lo veo. Y decías, Coco, que en los textos antiguos se citan…
(C) — En el Haṭha Yoga Pradīpikā, que data del siglo XIV, enumera diez. En el capítulo III, 6, dice: «Los diez mudrās son: mahāmudrā, mahābandha, mahāvedha, khecarī, uḍḍiyānabandha, mūlabandha, jālandarabhanda, viparītakaraṇī, vajrolīmudrā y śakticālana.»
(P) —Sí, y en el Siva Saṃhitā, del XV, se describen once, y en el Gheraṇḍa Saṃhitā, del XVII, veinticinco.
(C) —Algunos son practicamente posturas, como el viparītakaraṇī, que es una variante del āsana de la vela o sarvāṅgāsana, y otros son meditaciones o visualizaciones, como el śāmbavīmudrā.
(A) —O sea que, resumiendo, los mudrās, según la tradición del Haṭha Yoga y sus textos primarios, son composiciones corporales que combinan postura, regulación de la respiración, cierres de energía y técnicas de meditación.
(P) —Podría decirse así. Y que además se mantenían muy en secreto por los maestros, y se daban a los alumnos avanzados que habían superado ciertos niveles de aprendizaje.
(C) —Exacto, Paula. Eso aparece en cada uno de los tres textos antiguos del Haṭha, os leo: «¡Oh Devī, todos estos mudrās cuyo conocimiento conduce a quien los practica a la obtención de siddhis, deben mantenerse en gran secreto. No se han de enseñar alegremente a cualquiera. Este conocimiento que no es fácil de obtener ni siquiera por los dioses mismos, proporciona felicidad al yogui!»
(P) —Sí, en el Siva Saṃhitā también, antes de pasar a describir los mudrās dice: «Se han de mantener cuidadosamente en secreto, como una caja llena de joyas; y no han de mencionarse a nadie.»

(A) —Mirad, por allí pasa Tomás.
(C) —¿Quién es?
(A) —Un abuelete que hace yoga con Paula y conmigo.
(P) —Voy a llamarlo, ¿os parece? A ver si se toma algo con nosotras.
(A) —No hace falta, nos ha visto, y viene hacia aquí.
TOMÁS —Salud, Ana, Paula y compañía. De tertulia, ¿eh?
(P) —Pues sí: ¿se sienta un ratito?, le invitamos a lo que quiera.
(T) —Gracias, hija, pero he de llevar esto a correos. Le mando un cultivo de kombucha fresco a mi nieta, que hace días que me lo pidió y me sabe mal hacerla esperar.
(P) —Hay qué ver, Tomás, usted siempre haciendo tantas cosas.
(A) —Cada vez lo vemos de aquí para allá, como un peregrino que no deja de avanzar en el camino.
(T) —Pues fijaos que a mi edad el verdadero avance consiste en volver atrás, para ver dónde se equivocó uno. En la vejez, el desengaño es un gran descubrimiento.
(C) —Qué bonito. ¿Y tanta prisa tiene? Yo me llamo Coco.
(T) —Encantado de conocerte. Ea, para que no digáis, me tomaré un zumo de manzana. Y, decidme… ¿de qué hablabais?
(Las tres) —De mudrās.
(T) —Ah, de eso que hacemos en clase con las manos.
(P) —Sí, pero resulta que en el yoga original los mudrās no sólo eran con las manos.
(T) —¿Ah, no? Pues contadme, a ver, que me entere yo de eso…

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