YOGA Y YOGUIS (I)

James Mallinson


Este ensayo es una versión revisada de una conferencia que di en la Universidad de Columbia, Nueva York, en septiembre de 2011, en la «Mellon Sanskrit Series» de Sheldon Pollock. Como puede deducirse del título anterior, soy sanscritista. Mi tesis doctoral consistió en la edición crítica de un texto en sánscrito sobre yoga llamado Khecharīvidyā, cuyo supervisor fue el profesor Alexis Sanderson, principal erudito del shivaísmo tántrico en el mundo.

Soy además etnógrafo aficionado. Llegué a hacer un master con una disertación sobre el ascetismo en la India, pero lo que Sheldon Pollock ha llamado «la hipertrofia de la teoría» que aflige a las humanidades, me disuadió de tomar el tren de la etnografía formal y regresé a la filología, buscando dar sentido al ascetismo indio a través de los textos.

El Khecharīvidyā trata sobre la khecharīmudrā, una práctica yóguica en la cual la lengua se relaja y repliega para enroscarse bajo la cavidad palatal, permitiendo así su acceso al amrita, el néctar de la inmortalidad, que gotea desde la parte superior del cráneo. Para esclarecer el texto, busqué yoguis tradicionales en la India que practicaran la khecharīmudrā —aunque asegurándome de no hacer tanta etnografía como para justificar mis métodos.

Conocí a mi primer yogui en Kullu, en el Dussehra Mela de 1995. Era la última noche de luna llena de Karttik, también llamada Sharat Purnima o luna llena de otoño. Me había instalado en el campamento de los Rāmānandī y le pregunté a mi gurú si conocía algún practicante de khecharīmudrā en el festival. Otro sadhu asintió dirigiendo la cabeza hacia un babá con pinta hosca que había en el otro extremo de la tienda; dijo que era un yogirāj. En una tentativa me acerqué a él y le pregunté en mi hindi más respetuoso si practicaba khecharīmudrā. Me dijo que sí, pero que no era cosa para un sādhāran vyakti, un «individuo ordinario» como yo. Decepcionado, regresé al lado de mi guruji. Más tarde, esa misma noche, cuando la luna llena alcanzaba su mayor apogeo y se decía que estaba rebosando amrita, salimos todos a presenciar el ritual final del festival; allí comimos tasmāī humeante, una especie de arroz con leche donde decían que la amrita se había derramado.

A la mañana siguiente, con los ojos todavía nublados, al poco de haberme sentado a tomar chai con mi guruji, un sadhu me dio un codazo y señaló al yogirāj. Vi que tenía la boca muy abierta. Me acerqué a él y miré en su interior. En efecto, su lengua había desaparecido dentro de la cavidad bajo su paladar, y me estaba mostrando la khecharīmudrā. Seguidamente se dignó a revelar algunos de sus secretos.

Paraśurām Dās Jī Yogīrāj 1995. © Fotografía de James Mallinson


YOGA


Aquellos de vosotros que estéis familiarizados con el estudio avanzado del yoga, en particular en la variedad de hatha —del que deriva la mayor parte del yoga practicado hoy en día en el mundo— sabréis que la creación y escritura de tales textos se le atribuye a una secta de yoguis llamada Nāth, y en particular a su gurú fundador, Gorakhnāth.

Śrī Śrī Mahāyogī Guru Gorakšanāth Jī, © James Mallinson

Los Nāths también se conocen como yoguis Kānphatā, «orejas cortadas», debido a los orificios practicados en los cartílagos de sus orejas, en los que introducen colgantes grandes en forma de arete.

Entre sus formulaciones clásicas, de entre las cuales la más conocida es el Hathapradīpikā del siglo XV, el hathayoga emplea un abanico de técnicas físicas con el fin de despertar a la diosa Kundalinī, que descansa en forma de serpiente sobre la base de la columna y se eleva a través de una sucesión de chakras para unirse con Shiva en la cabeza.

El Khecharīvidyā es atribuido a Shiva en la forma de Ādinātha, el primer Nāth, y por ello se asocia a esta orden. Pero en el curso de mi trabajo sobre el Khecharīvidyā, tanto mis estudios textuales como las observaciones etnográficas me llevaron a ser cada vez más escéptico acerca de la atribución general del hathayoga a los Nāths, y de la existencia de una orden formal «Nāth» en el momento de la composición del Khecharīvidyā. No mucho después de concluir mi tesis, el profesor David Lorenzen me pidió que contribuyera a un volumen sobre los Nāths y su literatura.

Kānphaţā aretes, Jwalamukhi 2011 © James Mallinson

Con mucho gusto acepté. Es genial —pensé— un incentivo más para llegar al fondo de todo esto. Y me di cuenta de que hacerlo implicaría volver a los inicios: rastrear y explorar el corpus de las primeras obras sobre hathayoga. Porque es algo llamativo que, habida cuenta de la gran popularidad del yoga, se cuente con tan escasos estudios críticos de sus fuentes, y ningún estudio crítico del corpus en su conjunto.

Así que identificar este corpus y determinar una cronología relativa de sus textos impulsó más el trabajo filológico, muy minucioso, al que me había acostumbrado al editar el Khecharīvidyā.

Me ayudó mucho el que el Hathapradīpikā sea en su mayor parte una compilación. El hatha-yoga del Hathapradīpikā es, de hecho, muy ecléctico, y abarca una amplia gama de prácticas, algunas de las cuales parecen tener propósitos no muy claros (volveré sobre esto más adelante).

Rām Dās Jī Yogirāj, Citrakoot 1995 © James Mallinson

Sobre la base del trabajo pionero de Christian Bouy, identifiqué veinte trabajos donde Svātmārāma, el compilador del Hathapradīpikā, había tomado versos. De estos sólo cuatro mencionan el hathayoga como nombre, y entre ellos sólo uno, los Dattātreyayogashāstra, del siglo XIII, describe sus prácticas. Estas tratan sobre un yoga de ocho etapas similar al enseñado por Patañjali pero aquí atribuido al sabio Yājñavalkya, junto con diez técnicas conocidas como mudrās y bandhas. Son estas últimas prácticas las que diferencian al hathayoga de otros yogas. Fueron practicadas por Kapila y otros sabios y se asentaban en la antigua y todavía vigente noción de que en los hombres el principio vital, fruto de los diversos rasas que nutren el cuerpo, es bindu, el semen, que es comparado con amrita, el néctar de inmortalidad. En las mujeres esto es rajas, el fluido menstrual. En la fisiología del yoga, el bindu es creado en la cabeza, donde la luna lo secreta en la parte superior del canal central, y gotea hasta la base de la columna para consumirse en el fuego solar o ser eyaculado, debilitando el cuerpo y llevándolo a la vejez y la muerte.

Las técnicas de este primer hathayoga utilizan métodos neumáticos y mecánicos para mantener el bindu en la cabeza o subirlo en caso de caerse. Incluyen el ya mencionado khecharīmudrā, en cuya manifestación más temprana la abertura del paladar es sellada con la lengua para que el bindu no pueda caer. Luego hay varias técnicas que se dice que hacen que la respiración entre en el canal central y se eleve hacia arriba, llevándose bindu con él. El bien conocido headstand yóguico utiliza la gravedad para mantener bindu en la cabeza. Luego está la vajrolimudrā, que lleva a cabo el yogui creando un vacío en su estómago para reabsorber su bindu en caso de que eyacule accidentalmente.

Habiendo establecido que estas prácticas determinaban el hathayoga en su primera formulación, comencé a examinar las otras obras utilizadas para compilar el Hathapradīpikā, con el fin de identificar sus enseñanzas. Encontré siete. La más temprana es el Amritasiddhi, del siglo XI. Al igual que los Dattātreyayogashāstra, el yoga del Amritasiddhi está orientado a mantener el bindu en la cabeza y, como los Dattātreyayogashāstra, no hace referencia a Kundalinī ni tampoco a los chakras. Las seis obras restantes son contemporáneas de los Dattātreyayogashāstra o posteriores. Cinco de ellas se atribuyen a los gurús Nāths o los mencionan en sus versos mangala.

Dattātreya en Jūnā Akhāŗā Haridwar 2010 © Jim Mallinson

Estas obras de los Nāths no llaman a su yoga hatha. La sexta, el Shivasamhitā, es un producto de la tradición de Shrīvidyā asociada con los Shankarāchāryas de ShringeriKanchi. En todas estas seis obras el propósito del yoga que enseñan es la ascensión de Kundalinī.

Estas obras incorporan las técnicas y, en algunos casos, los versos del Dattātreyayogashāstra y el Amritasiddhi, pero, con diversos grados de éxito, son redactadas para ser más afines con el nuevo objetivo de elevar a Kundalinī. Así, en el Vivekamārtanda, por ejemplo, que puede fecharse en un período similar al de los Dattātreyayogashāstra, se enseñan seis mudrās hathayóguicas, incluyendo khecharīmudrā, después de una descripción de Kundalinī, pero se dice que todos son para la preservación de bindu. El Khecharīvidyā, mientras tanto, menciona el Vivekamārtanda en sus primeros versos, pero no menciona la preservación del bindu en su enseñanza del khecharīmudrā, que se utiliza para despertar a Kundalinī y elevarla hasta el nivel de amrita en la cabeza, para que ella inunde el cuerpo en su viaje de regreso a la base de la columna vertebral.

La reelaboración más coherente de las mudrās hathayóguicas se encuentra en el Shivasamhitā, obra en la que, a pesar de utilizar su compilador versos de los dos primeros textos de hatha interesados en el bindu, el Amritasiddhi y los Dattātreyayogashāstra, el interés hacia el bindu no se muestra en ninguna parte como objetivo principal de sus técnicas, cuya finalidad verdadera es el despertar de Kundalinī.

El Hathapradīpikā no es tan coherente. En su esfuerzo de ser un todo para los yoguis, incluye los versos que describen la khecharīmudrā que encontramos tanto en el Vivekamārtanda como en el Khecharīvidyā, con sus conflictivos objetivos de sellar bindu en la cabeza e inundar el cuerpo con amrita.

Entonces, ¿a dónde quiero llegar con esta arcana charla de bizarras técnicas yóguicas? Pues bien, parece que bajo el eclecticismo del Hathapradīpikā se escondía un patrón, que sólo se hace evidente cuando la contrastamos con los textos que se usaron en su compilación. En algunos de esos textos asoma una tipología de yoga que lo divide en tres métodos: mantra, laya y hatha. El Hathapradīpikā no hace mención del mantrayoga, que encarna la práctica central del shivaísmo: la búsqueda de siddhis, poderes mágicos y gozos sobrenaturales, por medio de la repetición de mantras. El layayoga enseña una variedad de técnicas para alcanzar cittalaya o la «disolución de la mente», la más conocida de las cuales es la mencionada elevación de Kundalinī a través de los seis cada-vez-más-sutiles chakras. Otros métodos de laya incluyen nādānusandhāna o nāda, escuchar series de sonidos internos cada-vez-más-sutiles que surgen en el curso de la meditación yóguica. Estas técnicas, que se llaman individualmente samketas, son métodos secretos que se dice que han sido transmitidos por Shiva. Muchos de ellos se describen en los tantras Shaiva anteriores, y también se enseñan en las obras asociadas con los gurús Nāths que se emplearon para compilar el Hathapradīpikā. Svātmārāma incluyó varias de estas samketas en el Hathapradīpikā, añadiendo nāda y el despertar de Kundalinī; pero no las enseñó con el nombre de layayoga, sino que las puso con todo lo demás en el Hathapradīpikā bajo el nombre de hatha.

Lo que se cuece en todo esto es que las técnicas basadas en la meditación y visualización de los primeros textos Nāths —las técnicas Shaiva conocidas como samketas de layayoga— se superponen a las técnicas físicas orientadas al bindu de los primeros hathayogas, en una síntesis que constituyó lo que llamo el hathayoga «clásico». Esta fusión de lo físico y lo imaginario creó una variedad de paradojas ontológicas que fueron, por ejemplo, responsables de historias tales como la de Dayānanda Saraswati, el fundador de la Ārya Samāj, sacando un cadáver del Ganges y diseccionándolo para determinar la existencia de chakras. Al no encontrar ninguno, arrojó todas sus obras sobre yoga, incluida el Hathapradīpikā, al río.

Aretes Kānphaţā, Jwalamukhi 2012 © James Mallinson


YOGUIS


La vocación de los Nath hacia este hathayoga temprano orientado al bindu fue parte del proceso de conversión en una orden formal de ascetas célibes. Las fuentes textuales del período anterior a la composición del corpus hathayóguico muestran que los primeros gurús Nāths humanos, a saber, Matsyendra y Goraksha, no parecían ser ascetas célibes. Fueron adeptos del Pashchimāmnāya o Transmisión Occidental del Shivaísmo Kaula, con su panoplia de doctrinas esotéricas, como el aplacamiento de yoguinis sedientas de fluidos corporales humanos, la alquimia, rituales sexuales, mantras mágicos, etc.

Matsyendra fue un célebre vicioso. Una leyenda muy referida cuenta que se quedó atrapado en la tierra de las mujeres y que su discípulo más austero, Goraksha, le hizo entrar en razón. Esto es interpretado como una intervención de Goraksha para sacar a su gurú del camino degenerado de Kaula. Pero es probable que la historia sea posterior a Goraksha en algunos siglos. Probablemente en nuestro primer retrato de él, que fue escrito en antiguo Kannada a principios del siglo XIII, se dice que vivía en Kolhapur no con una, sino con dos esposas. Los textos del mismo período asociado con él, como el Gorakshasamhitā, incluyen enseñanzas sobre ritos sexuales.

No es sino hasta los siglos XIV y XV —periodo en que fueron compuestas las obras Nāth sobre el hathayoga— cuando una orden de célibes ascetas Naths comienza a tomar forma, en particular en el norte y el oeste del subcontinente, y su apropiación del célibe bindu yoga, con su énfasis en la continencia, es emblemático de ese proceso.

Un texto Nāth del primer corpus de textos, el Gorakshashataka, termina con los siguientes versos:

«Bebemos el líquido que gotea llamado bindu, no vino;
comemos el desprecio de los objetos de los cinco sentidos, no carne;
no abrazamos un dulce-amor [sino] el sushumnā nādī, su cuerpo sinuoso como la hierba kusha;
si vamos a tener relaciones sexuales, se dará en una mente disuelta en el vacío, no en una vagina».

Nueve Nāths reunidos. © James Mallinson.

La apropiación de los Nāths de los primeros hathayoga fue sólo de nombre. De hecho, incluso esta adopción fue de corta duración. Después de la composición del Hathapradīpikā, ningún texto adicional sobre hathayoga fue escrito por los Nāths, y parecen no haberlo practicado, al menos en su primera variedad. Las referencias al hatha en los versos en hindi atribuidos a Goraksha son desdeñosas, asociándolas con prácticas ascéticas perniciosas. Hoy en día la práctica del hathayoga entre los Nāths es casi inexistente. Hay un gurú Nāth de Orissa, el Svāmī Shiv Nāth Jī, que es un ardiente defensor del hathayoga, pero sus intentos de introducirlo entre otros de su sampradāya han sido infructuosos. En noviembre de 2011 me encontré en Jwalamukhi en Himachal Pradesh, a Yogī Bābā Anūp Nāth Jī, un joven Nāth que vive en Manikaran, el cual me mostró una secuencia de difíciles āsanas yóguicas. Sorprendido por ello, le pregunté dónde había aprendido su yoga y él me dijo que le había llegado apne-āp —instintivamente— cuando era un niño. y que no había sido enseñado por ningún gurú Nāth.

En lugar de practicar hathayoga, los Nāths se han mantenido fieles a sus raíces. Son reconocidos entre otros ascetas como expertos en las artes meditativas y mágicas del tantra, y las recientes publicaciones prescriptivas Nāth enseñan los ritos de adoración tántricos de la diosa Bālā Tripurāsundarī  en la tradición del Dakshināmnāya o Tradición Sureña del Shivaísmo Kaula.

Pero entonces, si no fueron los Nāths los que practicaron el primer hathayoga, ¿quién lo hizo? Para responder a esta pregunta, es necesario identificar los orígenes sectarios de los dos textos del corpus que enseñan un bindu yoga puro, el Amritasiddhi y los Dattātreyayogashāstra.

Dasnāmī Nāgās en el 2001 Allahabad Kumbh Mela © James Mallinson

Los orígenes sectarios del Amritasiddhi no están claros. Yo sospecho que es producto de una tradición Kālamukha en el norte de  Karnataka, pero todavía no puedo estar seguro. Los orígenes sectarios del Dattātreyayogashāstra, sin embargo, aunque no se explicitan —el texto es en realidad muy anti-sectario— se pueden deducir a partir de una variedad de pistas. Se originó entre los precursores de los grupos de renunciantes, en particular los de Giris y Purīs, que se incluyeron más tarde entre los diez «nombres» o subsectas de la Dasnāmī Samnyāsīs, la famosa orden ascética Shaiva, cuyas imágenes de sus miembros (juego de palabras intencionado) son expuestas en todo el mundo cada tres años, cuando se procesan desnudos antes de bañarse en la Kumbha Melā .

Imagen de Kapila en Mahānirvāņī Akhāŗā, Haridwar © Jim Mallinson

Las pistas en el texto son muchas. Dattātreya es la deidad tutelar de Jūnā Akhāriā, la más grande de las divisiones de los Dasnāmīs.

Es la asociación de Dattātreya con los Samnyāsīs, la responsable de una curiosa omisión en el Hathapradīpikā. A pesar de incorporar veinte versos de los Dattātreyayogashāstra en el texto, Svātmārāma no menciona al propio Dattātreya, incluso cuando enumera a los maestros de hathayoga. Esto se debe a que quería reclamar el hathayoga para la tradición Siddha —en particular la de los Nāths— puesto que Nāths y Dasnāmīs han sido rivales durante mucho tiempo.

Kapila, que en los Dattātreyayogashāstra es identificado por Dattātreya como el maestro original del hathayoga, es la deidad tutelar del akhārā Mahānirvānī, la segunda más grande, y posiblemente la más antigua, de los akhārās Samnyāsī.

Tanto Dattātreya como el Kapila más viejo han sido asociados con prácticas ascéticas contradictorias. En lo concerniente a Kapila, esto ha sido demostrado recientemente por el profesor Johannes Bronkhorst  en una monografía sobre el gran Magadha. A las referencias que cita puedo agregar una del Brihatkathāshlokasamgraha, que puede estar fechado en el siglo XI, como muy tarde. Al escribir sobre la ciudad de Candasimha, Budhasvāmin dice: «Ahí los vicios que suelen aterrorizar a los que quieren liberarse de la rueda del renacimiento están prescritos por Kapila y otros en los tratados sobre la liberación».

Las prácticas que Bronkhorst llama ascéticas «no-védicas» no aparecen en detalle en los primeros textos. Sin embargo, recibimos de ellas menciones en una variedad de obras similares, incluyendo el canon Pali, las epopeyas y los textos de Dharmashāstra, y algunas tienen más que un parecido pasajero con las prácticas del primer hathayoga. Así, el Buda dice que intentó presionar su lengua contra su paladar a la manera de la hathayóguica khecharīmudrā. En otras partes del canon Pali, se dice que los Ājīvikas practican el micchātapam, o «falsas penitencias», incluyendo ukkutikappadhāna, es decir, «ejercitarse en posición de cuclillas» y vaggulivata, la «penitencia del murciélago» Es probable que la primera sea una precursora de vīrāsana o vajrāsana (esta última más conocida como siddhāsana), posiciones sentadas en las que se ejerce presión sobre el perineo con el talón para hacer que la respiración entre en el canal central, aumentando así bindu o, en textos posteriores, Kundalinī. La segunda, en la cual el asceta está suspendido boca abajo (ver foto de abajo), es una práctica que se menciona en el Mahābhārata y los Vaikhānasasmārtasūtra, y que ha sobrevivido a la era moderna pero ha terminado extinguiéndose durante el último siglo. Tal vez fue eclipsada por el yóguico balanceo de cabeza que sirve para el mismo propósito. Sea como fuere, todas estas prácticas antiguas se atribuyen a los ascetas que son también llamados ūrdhvaretas, esto es, «de semilla invertida o volteada hacia arriba», y parece probable que, del mismo modo que sus expresiones hathayóguicas posteriores, formaran parte de un conjunto de técnicas destinadas a asistir y realzar los beneficios del celibato ascético.

Viśvāmitra realizando tapas, Siglo XVII ©British Library Board Ramayana MS 15295


Así pues, por resumir un poco lo que llevo dicho: las técnicas de los primeros hathayoga fueron practicadas por ascetas de una antigua tradición del celibato no-védico, pero su primera exposición textual la encontramos en los primeros textos de hathayoga. Aunque los detalles de la formación de sus sectas son todavía imprecisos, está claro que los herederos de aquellos ascetas son las dos órdenes monásticas más grandes de la India hoy en día, Dasnāmī Samnyāsīs y Rāmānandīs. Son las órdenes entre las cuales la práctica del hathayoga aún prevalece, y su hathayoga tiene mucho que ver con preservar y sublimar el bindu. Parte del rito de iniciación Dasnāmī Nāgās es el tang tori, en el cual el pene se tira hacia abajo, dejándolo flácido para siempre y permitiendo una serie de demostraciones estrafalarias del desdén del asceta por su miembro (ver imagen de abajo a la derecha).

Gańgā Dās Chitrakoot 1995 © James Mallinson

Mientras tanto, los Rāmānandīs no se aplican tanto como para desfigurarse a sí mismos, sin embargo algunos de ellos que optan por el voto del celibato se someten a la esterilización química.

No sólo los Dasnāmīs y Rāmānandīs son los principales practicantes ascéticos del hathayoga en la actualidad, sino que también continúan practicando otras técnicas ascéticas con las que los precursores de los primitivos hathayoga están asociados en nuestras primeras fuentes.

Siddhāsana, Rām Dās Jī Yogirāj 1995 © J. Mallinson

Así, los Rāmānandīs son hoy en día las principales muestras del antiguo rigor de sentarse bajo el sol del mediodía en pleno verano, rodeados de ardientes brasas de estiércol de vaca (foto de la izquierda), y con frecuencia completan esta penitencia practicando yóguicas āsanas. Esto no está exento de peligros: no es raro ver caer a algunos yoguis encima de estas ascuas.

De hecho, los paralelismos entre la práctica actual de los Rāmānandīs, o, para ser precisos, la suborden Tyāgī, y las de los ascetas en nuestras fuentes tempranas son sorprendentes. Los Vaikhānasasmārtasūtra, que se remontan a los siglos IV y VIII, describen las prácticas de los ermitaños célibes (es decir, vānaprasthas). Incluyen en ellos la práctica del yoga, sentarse entre cinco fuegos, permanecer en una olla de agua, sentarse en vīrāsana, permanecer en silencio, invertir el cuerpo y pararse sobre un sólo pie. Los mismos ermitaños deben meditar en Vishnu con bhakti, devoción. Todas estas prácticas son típicas aún de los Rāmānandī Tyāgīs actuales.

Dhūni-tap Haridwar 2010 © James Mallinson

Traducción del inglés y notas de Varuna

Continúa leyendo en Yoga y Yoguis, parte II.


 

 

 

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