«El impulso de saber y de querer, fruto del miedo,
es la raíz de nuestros sufrimientos psicológicos.»
Éric Baret

¿Qué es lo que de verdad «se sabe»? ¿Será aquello que uno no dice? Porque uno, lo que dice que sabe, quizá sea aquello que sirve para tapar lo que de verdad sabe. Uno está siempre «informado» por lo de antes, por lo que espera, por lo que pregonan los que saben, y en este progreso del saber informado, hemos llegado a la cúspide.

Hoy, más que nunca, impera la acumulación de saberes y opiniones, o dicho al modo de Juan de Mairena: «lo que sabemos entre todos, eso que nadie sabe». Uno no puede tener un saber desprendido, primerizo, unos ojos limpios. Sospecha una presunción de malignidad en el aire que respira, en el agua que bebe, en los nudos recónditos de su cuerpo. Y vivir hoy, parece que consiste en ir confirmando esa malignidad sospechada por el propio saber de ella por pronósticos y estadísticas; y, mientras tanto, por debajo de ese saber de uno y los otros pasa de verdad algo que no se sabe, desconocido, que es siempre en cada caso, a cada vez, a cada latido, imprevisible, impredecible, abierto a un sin fin de posibilidades y, por tanto, posiblemente milagroso, con una sola condición: descargarle del obstáculo de ese otro saber de uno y de las autoridades, de los especialistas: políticos, científicos, expertos…

Nunca podremos saber hasta qué punto, sin la intervención de ese Saber Informado, ocurrirían cosas imprevistas, contra todo pronóstico, en vez de que pase lo que tiene que pasar por la propia determinación del pronóstico. Porque lo observado no deja de ser modificado por el observador mismo, confusión no reconocida ni por la Ciencia, ni por la conciencia personal de uno, que siempre vive de la ilusión de «objetividad», de que sabe y entiende lo que pasa y, por tanto, tiene la responsabilidad de actuar, de tomar medidas, como si se supiera, ante lo que de verdad no se sabe.

Como si la Ciencia olvidara que ella misma no es más que una forma de lenguaje que va a dar cuerpo y contenido a algo que sólo por ella va a ser determinado y constituido. Y, en el caso de la ideación en esa otra institución que es la persona, como si se creyera que eso de la persona de uno o de una es algo más que un conglomerado de ideas que se vienen a cebar en algo que había antes, algo que pasaba, algo que vivía.

Pero, ¿qué es lo que mueve tan decididamente a esa actuación, a ese intervencionismo del Saber soberano y que por igual mueve a la Ciencia o la Religión que a la persona particular? El miedo, la desconfianza hacia lo desconocido, la presunción de malignidad y su necesidad de confirmación para que así se afirme el poder soberano, tanto el de la autoridad como el de mí mismo, que así seré sin duda el que soy y que por ello he sabido gobernar «mi vida» y ordenar el mundo.

¿Qué sería entonces lo que «se sabe»? ¿Sería, pués, justo lo que nunca puedo saber porque si lo supiera ya dejaría de saberse? Ese secreto, sagrado por desconocido, es la fisura, la herida del Saber, la herida por la que yo, que soy cualquiera, respiro.

Isabel Escudero

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